Jorge Gutiérrez Reyna: “Ciudad desarbolada”

 

Translated by students of Spanish 319: On Translating Cultures and Disciplines. Fall 2018.

Read by Hayley M. Griffiths

 

City Without Trees

 

You will not know the trees.

You will never hear their green secrets

that today whisper into the ears

of the winds nor will your hands know

the rugged caress of trunks

that safeguard the edges of the road.

 

There won’t be a perch in your patio

for the red song of the cardinals,

for the sweet apple flame of august,

nor any shade that silences the barking of the dog days,

nor heights where the serpent’s

legless venom cannot crawl.

It will be hard for you to imagine that below the asphalt

are the roots of an ancient city

of rugged columns,

sonorous domes of birds and suns.

 

Through the crystals of a diorama

you will see mute creatures,

contraptions made of plastic, wood and nostalgia,

just as we now see the captive

buffalo yearning for the vastness of the prairie.

You will hear amazing stories from another time

when packs of walnut trees exhaust

the forest in search of the gift of currents.

The tree for you will be planted

in the remote dust of the library,

it will flourish in the strange paragraphs

of a curious treatise on mythology.

 

Perhaps when leafing through an old book

you will envy the one who on an afternoon

heard the wind fly between leaves

and tried to sow in their words the whispers,

the secrets that you’ll never again listen to,

of the last tree that lived on Earth.

 

 

ciudad desarbolada

 

No conocerás el árbol.

No escucharás jamás estos secretos

verdes que hoy susurra en el oído

de los vientos ni sabrán tus manos

de la áspera caricia de los troncos

que custodian las orillas del camino.

 

No habrá en tu patio rama en que se posen

el canto colorado de los cardenales,

el dulce fuego de manzanas en agosto,

una sombra que acalle el ladrar de la canícula,

ni alturas donde no pueda trepar

el veneno sin pies de la serpiente.

Te costará imaginar debajo del asfalto

las raíces de una antigua ciudad

de rugosas columnas,

bóvedas sonoras de pájaros y soles.

 

Verás a través de los cristales

de un diorama unas criaturas mudas,

armatostes de plástico, madera y de nostalgia,

tal como vemos ahora a los cautivos

bisontes que añoran la amplitud de las praderas.

Escucharás historias increíbles de otro tiempo

en que manadas de nogales fatigaban

el bosque en busca del don de las corrientes.

El árbol para ti estará plantado

en el polvo remoto de la biblioteca,

florecerá en los párrafos extraños

de un curioso tratado de mitología.

 

Tal vez al hojear un libro viejo

envidies a ese que una tarde

escuchó el viento volar entre las hojas e intentó

sembrar en sus palabras los susurros,

secretos que jamás escucharás,

del último árbol que habitó sobre la Tierra.

 

Leído por el autor

 

 

Luisa Futoransky: “Narducho”

Translated by students of Spanish 319: On Translating Cultures and Disciplines. Fall 2018. 

Read by Hayley M. Griffiths

 

Narducho

 

 

The landscape of my childhood is lost. It doesn’t exist.

 

New streets, new houses.

 

It is a place with one single memory and one single emotion.

 

There, I immersed a world: childhood, bugs, relatives and neighbors. The first winters and the game: slushing in the frost. The oven of a bakery and Narducho in the adjoining barren lot, who by way of shoes wore little wooden boards wrapped around his feet with strips of burlap and in his hand, for all uses, a tin jug. A small stamp of San Francis. Or innocent lad from the Russian epic.

 

The quiet lunatic, the local madman, in Santos Lugares, that does not exist either.

 

 

Narducho

 

El paisaje de mi infancia está perdido. No existe.

 

Nuevo trazado de calles, nuevas casas.

 

Es un lugar de una sola memoria y una sola emoción.

 

Ahí, yo sumergí un mundo: la niñez, los bichos, los parientes y vecinos. Los primeros inviernos y el juego: chapotear en la escarcha. El horno de una panadería y Narducho en el contiguo terreno baldío, que a guisa de zapatos tenía tablitas de maderas en los pies envueltas en retazos de arpillera y en la mano para todo servicio, un jarro de hojalata. Como estampita de San Francisco. O inocente de epopeya rusa.

 

Loco tranquilo, loco de barrio, en Santos Lugares, que tampoco existe.

 

Leído por la autora