Omar García Obregón: “Between Classes, Races and Borders”

Translated and read by Parvati Nair (Queen Mary University of London)

 

BETWEEN CLASSES, RACES AND BORDERS

 

In the natural separations

That were invented by the gods,

Arbitrary, bloodless utopians,

Creators of some kind of federalism

That usurped the universal dream,

The word arrived generously,

To unite without convincing, for disagreeing

From the depths of the disheartening,

Forged through race and class struggles

In trans-border cooperation

As in a Europe united through disunity

Broken by the Bosphorus and the Urals.

 

Sovereign discontinuity

Lays the siege of fire open to us pyrallises

Who die beyond borders

Set by the boarding of a pirate

Who leads a snoozing ship.

 

Home no longer exists in my Transnistria;

Peace was broken in Kosovo, in Bosnia.

 

There is no longer a hiding place in Kashmir,

A linchpin between Ethiopia and Eritrea,

An undue contact in Darfur

That resounds with the drums of Niger,

A fire against the partiality

That sets its traces with discord

To raise walls, walls, walls,

Endless walls in the Sahara,

The desert stillness of the sands

That separate Algeria from Morocco.

 

The world shows solidarity if from afar

It is not taxed for the mosaic

That sets its borders like Columbus

Ready to enrich himself if they do not come,

If they ransack life step by step

Till they purify their wealth

So that they may enter the kingdom of heaven.

 

What happens when they display their miseries

And appear at the world’s doors

Violating hydrotopography

To state that we are Amerindians, Blacks,

United to whites, zambos, mulattoes

Who sully borders.

 

In fourteen hundred and ninety-four

The Church distributed states

And creed separated regions

With the caprice of the meridians.

 

There is the moral obligation to recall

In the face of vanity’s bonfire.

 

Nationalism and colonization,

Two faces of one coin,

Recall the Easter Rebellion,

While the world turns on an axis

That uselessly repeats itself without stopping

At the borders’ end.

 

We have to forge passports

And transgress fear through barbed wire

That others insist on raising.

The crossing requires plundering

the surfaces of life itself,

accumulating all the money we have,

though our efforts may not be compensated

when what awaits you is another workhouse

and a certain compromise of freedom.

 

Here hope that breaks bread

in realities does not go unscathed.

Dreams no longer fill the Host

When the sea is the border, with no destination known,

Imaginary icon of the life

Of a migrant expelled by paths

That stitch together the painful interface

Of a wound sealed after a crossing.

 

 

ENTRE CLASES, RAZAS Y FRONTERAS

 

En las separaciones naturales

que fueron inventadas por los dioses,

incruentos utopistas arbitrarios,

creadores de algún federalismo

usurpador del sueño universal,

generosa llegaba la palabra,

a unir sin convencer, por discrepar

con la profundidad del desaliento,

forjado en luchas de razas y clases

en cooperación transfronteriza

cual una Europa unida en desunión,

rota por el Bósforo y los Urales.

 

La soberana discontinuidad

tiende el cerco de fuego a las piraustas

que morimos allende las fronteras

que tiende el abordaje de un pirata

que dirige un navío en duermevela.

 

El hogar ya no existe en mi Transnistria;

la quietud se rompió en Kosovo, en Bosnia.

 

Ya no hay un escondite en Cachemira,

un foco entre Etiopía y Eritrea,

un desmedido contacto en Darfur

que lata con los tambores del Níger,

un fuego contra la parcialidad

que fija en desacuerdo sus trazados

para levantar muros, muros, muros,

interminables muros del Sahara,

la desierta quietud de las arenas

que separan a Argelia de Marruecos.

 

El mundo es solidario si de lejos

no paga los tributos del mosaico

que planta sus barreras cual Colón

dispuesto a enriquecerse si no vienen,

si saquean la vida paso a paso

hasta purificarles sus riquezas

para que entren al reino de los cielos.

 

Qué pasa cuando esgrimen sus miserias

y a las puertas del mundo se aparecen

violentando la hidrotopografía

para afirmar que somos indios, negros,

unidos a blancos, zambos, mulatos

quienes adulteramos las fronteras.

 

En mil cuatrocientos noventa y cuatro

la Iglesia repartía los estados

y la fe separaba las regiones

con el capricho de los meridianos.

 

Hay la obligación moral del recuerdo

ante la hoguera de las vanidades.

 

Nacionalismo y colonización,

como únicas caras de una moneda,

recuerdan el Alzamiento de Pascua

mientras el mundo gira sobre un eje

que se repite inútil sin cesar

en la delimitación de fronteras.

 

Hay que falsificar los pasaportes

y traspasar el miedo en alambradas

que los otros se empeñan en poner.

El trámite requiere saquear

las superficies de la vida misma,

juntar todo el dinero que se tenga,

aunque no se compensen los esfuerzos

cuando lo que te espera es otro ergástulo

y cierta libertad comprometida.

 

Aquí no queda ilesa la esperanza

que parte su pan en realidades.

Ya la hostia no preña de ilusiones

cuando el mar es la frontera, sin rumbo,

icono imaginario de la vida

de un migrante expulsado por caminos

que cosen la dolorosa interfaz

de una herida sellada tras un puente.

 

De Fronteras: ¿el azar infinito? [Borders: An Infinite Game of Dice?] (Leiden: Bokeh, octubre 2018)

 

Leído por el autor

 

 

 

 

 

Montserrat Cano: “Hebron”

Montserrat Cano

 

Hebron

 

Translated by Tamara Muroiwa

 

Amina is ten years old and has never left Hebron.

She goes to a school with one hundred girls who have never left Hebron.

She knows there are other towns, there, nearby,

and the village where her father was born,

a place of fig trees and goats and loquats and streams.

Amina and her friends have invented a game,

“bus trip,” they call it.

They sit down in twos, solemn, on the ground,

and imagine that day’s journey.

Today we’re going to Ramallah, Amina says, and pays her fare.

Through the window, they watch the houses go by,

Bricked up windows, open windows,

The streets of the market, the mosque, the town squares, the restored quarter…

We’ve reached the checkpoint, another girl says,

and they all sit up straight in their seats.

The soldiers are nice today, the older ones decide,

they show their papers and go through the barrier.

We’re outside!

Look, peaches!

And chickens!

There’s a car overtaking us! Goodbye!

A large village, then a small one,

a mountain, another town, another checkpoint,

another friendly soldier,

and later a beach like the ones on TV,

with boats and waves

“What do you suppose waves really smell like?”

a skyscraper, a hotel, a palace, a crane,

a palm-lined avenue.

Then they alight and have ice-cream

seated in a burger bar,

they buy a Barbie and play in an Internet cafe,

they call their sisters on a shiny mobile phone

to tell them the world is big, rich, beautiful,

that there are streets with no barriers, no armies, no fear…

But the bell has gone and playtime is over.

Amina and her friends go back to class,

to the school in the town they have never left,

to the town in the country that doesn’t exist

from which they can only travel in dreams.

 

(Of the series Holy West Bank)

 

Hebron (Hebrón) in Spanish

 

 

Amina tiene diez años y nunca ha salido de Hebrón.

Va al colegio con cien niñas que jamás han salido de Hebrón.

Sabe que existen otras ciudades, allí, al lado,

y el pueblo donde nació su padre,

un lugar con higueras y cabras y nísperos y acequias.

Amina y sus amigas han inventado un juego,

el autobús, lo llaman.

Se sientan de dos en dos, muy serias, en el suelo,

e imaginan el viaje de ese día.

Hoy vamos a Ramala, dice Amina, y paga su billete.

Desde la ventanilla, miran pasar las casas,

las ventanas tapiadas, las ventanas abiertas,

las calles del mercado, la mezquita, las plazas, el barrio restaurado…

Llegamos al control, dice otra niña,

y todas se colocan formales en su asiento.

Hoy hay soldados buenos -deciden las mayores-,

enseñan sus papeles y pasan la barrera.

¡Ya estamos en el campo!

¡Mirad, melocotones!

¡Y gallinas!

¡Nos adelanta un coche! ¡Adiós!

Ahora un pueblo grande y luego otro pequeño,

una montaña, otra ciudad, otro control,

otro amable soldado,

y más tarde una playa como las de televisión,

con barcos y con olas

-¿a qué olerán las olas de verdad?-,

un rascacielos, un hotel, un palacio, una cigüeña,

una avenida bordeada de palmeras.

Luego bajan del coche y toman un helado

sentadas en un burger,

se compran una Barbie y juegan en un cibercafé,

llaman a sus hermanas desde un móvil plateado

para contarles que el mundo es grande, rico, hermoso,

que hay calles sin barreras, sin ejércitos, sin miedo…

Pero ha sonado el timbre y el recreo ha acabado.

Amina y sus amigas regresan a la clase,

al colegio de la ciudad de la que nunca han salido,

a la ciudad del país que no existe

y por el que no pueden viajar.

 

 

(De la serie Cisjordania Santa)

Virgilio Fuero

Virgilio Fuero
EL ABUELO DEL METRO 

 

 

Lo miraba con pena y con misterio;

su piel lleva reflejos de ocre bronce

y sentado, apoyado en su garrote,

tiene aspecto de noble caballero,

 

con cara de quijote jubilado

y mil batallas de trabajos hechos,

vieja sonrisa llena de cansancio.

 

Sus ojos extraviados en el hueco

donde alberga recuerdos con encanto:

realidades a veces, otras sueños.

 

Qué vigor se le nota en su costado.

Qué bondad me producen esos gestos,

tan suavemente lentos y apagados,

mientras sale, alejándose  del metro.

Montserrat Cano

Montserrat Cano
HEBRÓN

 

 

Amina tiene diez años y nunca ha salido de Hebrón.

Va al colegio con cien niñas que jamás han salido de Hebrón.

Sabe que existen otras ciudades, allí, al lado,

y el pueblo donde nació su padre,

un lugar con higueras y cabras y nísperos y acequias.

Amina y sus amigas han inventado un juego,

el autobús, lo llaman.

Se sientan de dos en dos, muy serias, en el suelo,

e imaginan el viaje de ese día.

Hoy vamos a Ramala, dice Amina, y paga su billete.

Desde la ventanilla, miran pasar las casas,

las ventanas tapiadas, las ventanas abiertas,

las calles del mercado, la mezquita, las plazas, el barrio restaurado…

Llegamos al control, dice otra niña,

y todas se colocan formales en su asiento.

Hoy hay soldados buenos -deciden las mayores-,

enseñan sus papeles y pasan la barrera.

¡Ya estamos en el campo!

¡Mirad, melocotones!

¡Y gallinas!

¡Nos adelanta un coche! ¡Adiós!

Ahora un pueblo grande y luego otro pequeño,

una montaña, otra ciudad, otro control,

otro amable soldado,

y más tarde una playa como las de televisión,

con barcos y con olas

-¿a qué olerán las olas de verdad?-,

un rascacielos, un hotel, un palacio, una cigüeña,

una avenida bordeada de palmeras.

Luego bajan del coche y toman un helado

sentadas en un burger,

se compran una Barbie y juegan en un cibercafé,

llaman a sus hermanas desde un móvil plateado

para contarles que el mundo es grande, rico, hermoso,

que hay calles sin barreras, sin ejércitos, sin miedo…

Pero ha sonado el timbre y el recreo ha acabado.

Amina y sus amigas regresan a la clase,

al colegio de la ciudad de la que nunca han salido,

a la ciudad del país que no existe

y por el que no pueden viajar.

 

 

(De la serie Cisjordania Santa)

María José Valenzuela

María José Valenzuela
CANCIÓN DE LOS PSIQUIATRAS

 

 

La psiquiatría es el único negocio

donde el paciente nunca tiene la razón.

JODOROWSKY PRULLANSKY

 

 

Te marcan con un número,

igual que a las ovejas

camino al matadero.

Te recetan pastillas

para soñar a solas,

para cantar a oscuras,

y para que te olvides

por qué llegaste allí.

Te inundan con sus cables,

observan tu cabeza,

como si fuera un campo de batalla.

Algunos con su bata inmaculada,

te dicen que es delirio

o que es esquizofrenia

y te siguen llenando

la vida de pastillas,

de números sin lógica,

de canciones sin cielo.

Katy Parra

Katy Parra
DE NADIE A NADIE

 

 

El mar escupe muertos,

muertos imprevisibles,

muertos de cuatro años,

muertos recién nacidos,

mujeres y hombres muertos,

hinchados por la ausencia del oxígeno,

muertos desconocidos que aceleran

el paso decisivo de la muerte.

De nadie a nadie llegan,

tristemente escupidos

a un país extranjero,

escupidos no sólo por el mar,

sino por la barbarie y la metralla.

 

El mar escupe muertos

sin identificar,

y nadie quiere muertos si son desconocidos,

si llegan a tu casa huyendo de una guerra

y vienen abrasados por la huida.

 

Es más fácil mirar para otro lado.

El mar sabrá por qué se deshace de ellos.

Antonio Martínez Arboleda

Antonio Martínez Arboleda
PEPE

 

 

Andar circunspecto,

espalda cargada,

cuello gordo,

santa calva,

gotas de sangre reseca

de no saberse afeitar.

 

Acompañado

de un ángel sin alas

de los que marchan cansinos

a ritmo de tambor de tripas agrio

por calles de saldo,

por plazas de lástima.

 

Ese día,

el fuego de los infiernos

decidió apaciguarse por un rato,

para no llamar mucho la atención,

temeroso de que aquello fuese

un aviso de su fin.

 

Esa noche,

la luna cuadrada y blanca,

silenciadora,

vacía,

fuente única de luz

en la vigilia despiadada,

quedó eclipsada de bienes

y calórico resplandor.

 

Y a la mañana siguiente,

el ángel echó a andar

sin ritmo que seguir,

con paso

gozosamente deslavazado.

 

Y ya en la calle

rebuscó en el contenedor de su memoria

una canción

para su dicha,

un compás

donde olvidar.

 

 

(Del libro Los viajes de Diosa)