Montserrat Cano: “Hebron”

Montserrat Cano

 

Hebron

 

Translated by Tamara Muroiwa

 

Amina is ten years old and has never left Hebron.

She goes to a school with one hundred girls who have never left Hebron.

She knows there are other towns, there, nearby,

and the village where her father was born,

a place of fig trees and goats and loquats and streams.

Amina and her friends have invented a game,

“bus trip,” they call it.

They sit down in twos, solemn, on the ground,

and imagine that day’s journey.

Today we’re going to Ramallah, Amina says, and pays her fare.

Through the window, they watch the houses go by,

Bricked up windows, open windows,

The streets of the market, the mosque, the town squares, the restored quarter…

We’ve reached the checkpoint, another girl says,

and they all sit up straight in their seats.

The soldiers are nice today, the older ones decide,

they show their papers and go through the barrier.

We’re outside!

Look, peaches!

And chickens!

There’s a car overtaking us! Goodbye!

A large village, then a small one,

a mountain, another town, another checkpoint,

another friendly soldier,

and later a beach like the ones on TV,

with boats and waves

“What do you suppose waves really smell like?”

a skyscraper, a hotel, a palace, a crane,

a palm-lined avenue.

Then they alight and have ice-cream

seated in a burger bar,

they buy a Barbie and play in an Internet cafe,

they call their sisters on a shiny mobile phone

to tell them the world is big, rich, beautiful,

that there are streets with no barriers, no armies, no fear…

But the bell has gone and playtime is over.

Amina and her friends go back to class,

to the school in the town they have never left,

to the town in the country that doesn’t exist

from which they can only travel in dreams.

 

(Of the series Holy West Bank)

 

Hebron (Hebrón) in Spanish

 

 

Amina tiene diez años y nunca ha salido de Hebrón.

Va al colegio con cien niñas que jamás han salido de Hebrón.

Sabe que existen otras ciudades, allí, al lado,

y el pueblo donde nació su padre,

un lugar con higueras y cabras y nísperos y acequias.

Amina y sus amigas han inventado un juego,

el autobús, lo llaman.

Se sientan de dos en dos, muy serias, en el suelo,

e imaginan el viaje de ese día.

Hoy vamos a Ramala, dice Amina, y paga su billete.

Desde la ventanilla, miran pasar las casas,

las ventanas tapiadas, las ventanas abiertas,

las calles del mercado, la mezquita, las plazas, el barrio restaurado…

Llegamos al control, dice otra niña,

y todas se colocan formales en su asiento.

Hoy hay soldados buenos -deciden las mayores-,

enseñan sus papeles y pasan la barrera.

¡Ya estamos en el campo!

¡Mirad, melocotones!

¡Y gallinas!

¡Nos adelanta un coche! ¡Adiós!

Ahora un pueblo grande y luego otro pequeño,

una montaña, otra ciudad, otro control,

otro amable soldado,

y más tarde una playa como las de televisión,

con barcos y con olas

-¿a qué olerán las olas de verdad?-,

un rascacielos, un hotel, un palacio, una cigüeña,

una avenida bordeada de palmeras.

Luego bajan del coche y toman un helado

sentadas en un burger,

se compran una Barbie y juegan en un cibercafé,

llaman a sus hermanas desde un móvil plateado

para contarles que el mundo es grande, rico, hermoso,

que hay calles sin barreras, sin ejércitos, sin miedo…

Pero ha sonado el timbre y el recreo ha acabado.

Amina y sus amigas regresan a la clase,

al colegio de la ciudad de la que nunca han salido,

a la ciudad del país que no existe

y por el que no pueden viajar.

 

 

(De la serie Cisjordania Santa)

Virgilio Fuero

Virgilio Fuero
EL ABUELO DEL METRO 

 

 

Lo miraba con pena y con misterio;

su piel lleva reflejos de ocre bronce

y sentado, apoyado en su garrote,

tiene aspecto de noble caballero,

 

con cara de quijote jubilado

y mil batallas de trabajos hechos,

vieja sonrisa llena de cansancio.

 

Sus ojos extraviados en el hueco

donde alberga recuerdos con encanto:

realidades a veces, otras sueños.

 

Qué vigor se le nota en su costado.

Qué bondad me producen esos gestos,

tan suavemente lentos y apagados,

mientras sale, alejándose  del metro.

Montserrat Cano

Montserrat Cano
HEBRÓN

 

 

Amina tiene diez años y nunca ha salido de Hebrón.

Va al colegio con cien niñas que jamás han salido de Hebrón.

Sabe que existen otras ciudades, allí, al lado,

y el pueblo donde nació su padre,

un lugar con higueras y cabras y nísperos y acequias.

Amina y sus amigas han inventado un juego,

el autobús, lo llaman.

Se sientan de dos en dos, muy serias, en el suelo,

e imaginan el viaje de ese día.

Hoy vamos a Ramala, dice Amina, y paga su billete.

Desde la ventanilla, miran pasar las casas,

las ventanas tapiadas, las ventanas abiertas,

las calles del mercado, la mezquita, las plazas, el barrio restaurado…

Llegamos al control, dice otra niña,

y todas se colocan formales en su asiento.

Hoy hay soldados buenos -deciden las mayores-,

enseñan sus papeles y pasan la barrera.

¡Ya estamos en el campo!

¡Mirad, melocotones!

¡Y gallinas!

¡Nos adelanta un coche! ¡Adiós!

Ahora un pueblo grande y luego otro pequeño,

una montaña, otra ciudad, otro control,

otro amable soldado,

y más tarde una playa como las de televisión,

con barcos y con olas

-¿a qué olerán las olas de verdad?-,

un rascacielos, un hotel, un palacio, una cigüeña,

una avenida bordeada de palmeras.

Luego bajan del coche y toman un helado

sentadas en un burger,

se compran una Barbie y juegan en un cibercafé,

llaman a sus hermanas desde un móvil plateado

para contarles que el mundo es grande, rico, hermoso,

que hay calles sin barreras, sin ejércitos, sin miedo…

Pero ha sonado el timbre y el recreo ha acabado.

Amina y sus amigas regresan a la clase,

al colegio de la ciudad de la que nunca han salido,

a la ciudad del país que no existe

y por el que no pueden viajar.

 

 

(De la serie Cisjordania Santa)

María José Valenzuela

María José Valenzuela
CANCIÓN DE LOS PSIQUIATRAS

 

 

La psiquiatría es el único negocio

donde el paciente nunca tiene la razón.

JODOROWSKY PRULLANSKY

 

 

Te marcan con un número,

igual que a las ovejas

camino al matadero.

Te recetan pastillas

para soñar a solas,

para cantar a oscuras,

y para que te olvides

por qué llegaste allí.

Te inundan con sus cables,

observan tu cabeza,

como si fuera un campo de batalla.

Algunos con su bata inmaculada,

te dicen que es delirio

o que es esquizofrenia

y te siguen llenando

la vida de pastillas,

de números sin lógica,

de canciones sin cielo.

Katy Parra

Katy Parra
DE NADIE A NADIE

 

 

El mar escupe muertos,

muertos imprevisibles,

muertos de cuatro años,

muertos recién nacidos,

mujeres y hombres muertos,

hinchados por la ausencia del oxígeno,

muertos desconocidos que aceleran

el paso decisivo de la muerte.

De nadie a nadie llegan,

tristemente escupidos

a un país extranjero,

escupidos no sólo por el mar,

sino por la barbarie y la metralla.

 

El mar escupe muertos

sin identificar,

y nadie quiere muertos si son desconocidos,

si llegan a tu casa huyendo de una guerra

y vienen abrasados por la huida.

 

Es más fácil mirar para otro lado.

El mar sabrá por qué se deshace de ellos.

Antonio Martínez Arboleda

Antonio Martínez Arboleda
PEPE

 

 

Andar circunspecto,

espalda cargada,

cuello gordo,

santa calva,

gotas de sangre reseca

de no saberse afeitar.

 

Acompañado

de un ángel sin alas

de los que marchan cansinos

a ritmo de tambor de tripas agrio

por calles de saldo,

por plazas de lástima.

 

Ese día,

el fuego de los infiernos

decidió apaciguarse por un rato,

para no llamar mucho la atención,

temeroso de que aquello fuese

un aviso de su fin.

 

Esa noche,

la luna cuadrada y blanca,

silenciadora,

vacía,

fuente única de luz

en la vigilia despiadada,

quedó eclipsada de bienes

y calórico resplandor.

 

Y a la mañana siguiente,

el ángel echó a andar

sin ritmo que seguir,

con paso

gozosamente deslavazado.

 

Y ya en la calle

rebuscó en el contenedor de su memoria

una canción

para su dicha,

un compás

donde olvidar.

 

 

(Del libro Los viajes de Diosa)