Juan Pablo Zapater

Juan Pablo Zapater
LA EXTRAVIADA

 

 

Tu voz me conmovió desde el principio,

cuando apenas tu idioma conocía

y llenabas con nuevos evangelios

la bóveda del alma.

 

Aquellos cantos mágicos tan tuyos

sonaban como música traída

de un reino prodigioso, como rezos

que buscaban un dios

escondido entre pétalos de rosa.

 

Juré tomar tus hábitos y anduve,

descalzo y penitente,

en mi humilde labor de escribanía.

Yo quería imitarte: por las noches

me sentaba a tu lado y de mi pecho

se escapaban también aves azules.

 

Eras tan especial, tan poderosa,

que pronto decidí afrontar contigo

los momentos de duda, los reveses

del amor y la vida, circundados

de encierro y soledad. Yo te llamaba

espadas como labios, la voz a ti debida,

canción desesperada y otros nombres

preciosos como esos.

 

Mas algo en mí cambió y en veinte años

dejé de convocarte y me entretuve

montando otros caballos de batalla.

Olvidé la ternura de tus brazos

y también su desnuda fortaleza.

 

¿Fui yo quien te perdí? Nadie te huye

si no le das la espalda, si no cesas

de decirle al oído esas verdades

que sólo tú conoces.

Qué larga fue la noche de tu ausencia,

qué enferma de silencio.

 

Hoy has vuelto, tan honda y luminosa

como yo te recuerdo, sin dejarme

ni entonar un reproche.

 

Y el verso que derramas en mi frente,

hecho de luz cantada y viento dulce,

renueva mi bautismo con su lluvia

de benditas palabras.

 

 

(Del libro La velocidad del sueño)

Javier Arnaiz

Javier Arnaiz
CONTRA EL MIEDO

 

 

Recitaré en elipsis,

escribiré palabras,

paisajes para tímpanos cerrados que olvidan

emborronados párrafos

de luz sin sentimiento.

No expresaré, amor,

los te quiero elegidos por el miedo,

huirán avergonzados

por curvas ocultadas.

Mi voz, con alpargatas mal medidas,

caminará entre  piedras

dolida del dolor de las pisadas.

 

Percibo respirar a los espías

que anotan mis vocablos solidarios.

 

– Han abierto las cárceles;

los poetas se presentan en la fila

para evadirse de ellas-.

Isabel Romera

DEJADME LA ESPERANZA

 

 

                        El odio se amortigua

                        detrás de la ventana

 

MIGUEL HERNÁNDEZ

 

 

Los alambres del tiempo

reforzaron la valla

que la muerte no pudo derribar.

Tu casa sigue abierta.

Rezuma en las paredes

la sangre de tu herida,

la sangre de los hijos que nacieron después.

Tu nombre, Miguel, fluye

entre sus manos blancas

mientras el hombre acecha.

 

Ha regresado el tigre,

la garra nunca es suave.